A Light Still Burning

The Story of 125 Years of Mission
Paraclete Province of the United States–Caribbean

Celebration: Gratitude

As we in the Paraclete Province of the Holy Spirit Missionary Sisters celebrate 125 years of mission in the United States and the Caribbean, we pause to reflect with gratitude on the journey that has brought us to this moment. Drawing from the rich archives of our province, we look back over sisters, events, and ministries that shaped—and are shaping—our shared history.

 

Departure and Arrival: Trust (1901)

In 1901, five SSpS pioneers, Sisters Leonarda, Clara, Foureria, Alexia, and Martina, missioned to the United States, leaving the security and certainty of their homeland. With trust in the guiding presence of the Holy Spirit, they embarked into the unknown, courageously responding to God’s call.

Upon their arrival in New York, they rode the train to Chicago and then to their “final” destination. On May 11, 1901, they reached Shermerville, Illinois, just north of Chicago. With forty-seven cents, unwavering trust, and a deep missionary spirit, they began what would become the heart of the Paraclete Province in the USA. 

Foundation and Growth: Faith (1901–1926)

From a growing worldwide missionary congregation, the sisters in the United States firmly rooted themselves in mission. They established their central house in Techny, Illinois, and opened St. Ann’s Home. In those early years, they responded to the call to establish schools for Black communities in the segregated South and to be present in often overlooked and underserved communities throughout the Midwest.

Expansion: Courage (1927–1965)

The years of the Great Depression, World War II, and Vatican II brought uncertainty and hardship for many in society and the Church. The Sisters confronted the challenges and continued to serve in hospitals, schools, and local communities, becoming signs of hope and stability during difficult years.

Listening to the Spirit: Transformation (1965–1999)

As the Church experienced renewal and society underwent significant changes, the Holy Spirit Missionary Sisters embraced new ways of living their mission. Moving beyond institutional ministries, they served as pastoral agents, social workers, and in other unique outreach efforts.  Working more closely with the people, they accompanied migrants and responded to injustices. Walking alongside those in need, they recognized mission as accompaniment and shared humanity.

 

Continuing the Mission: Openness (2000–2026)

In these first years of the third millennium, the mission of the Paraclete Province reflects a growing awareness of interconnectedness with peoples and nations. The Paraclete Province established three communities in the Caribbean.

Through advocacy and outreach, the Province continues to deepen its awareness of the interconnectedness of all people and creation. Through their diversified ministries, the Sisters connect with people as they accompany migrants, empower women, work for justice, and serve the marginalized with compassion and dedication. 

 

A Light Still Burning: Fidelity

What began with five courageous Holy Spirit Missionary Sisters in 1901, the vibrant, living mission continues in new and creative ways, characterized not by recognition or prominence but by faithful and dedicated service.  Celebrating 125 years of the Paraclete Province in the United States, we give thanks to God for the courage, faith, and trust of those who have gone before us. Their legacy continues to inspire new generations to respond to God’s call with the same missionary spirit.  Their story is now our story. The light they kindled 125 years ago continues to shine brightly today. 

Sr. Rosalia Galmin, SSpS

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026