A Catholic Alumna’s Final Wish Fulfilled in Japan

Mrs. S, a devout Catholic baptized 50 years ago at Seto Holy Spirit Academy, remained faithful to her faith throughout her life, despite being the only Catholic in her family. Her final wish for a Catholic funeral was fulfilled, bringing comfort to her family and reaffirming the enduring bonds of faith.

“Let me go! Please let me go!” Her words over the phone were filled with desperation, but I couldn’t understand her plea. All I could respond with was, “What’s wrong, Mrs. S?” Later, I learned that she had been trying to say, “Please let me go to heaven!”

Mrs. S was baptized 50 years ago at Seto Holy Spirit Academy after I taught her the Catechism. At the time, she was in her second year of junior high school, and her passion for the Catholic faith was evident. She frequently contributed articles about Catholic events to the school newspaper and continued this dedication through high school. Afterward, she pursued a degree in Japanese literature at Nanzan University but maintained her connection to the school, returning for Christmas, Easter, and other celebrations. She later married and raised two sons, though she remained the only Catholic in her family.

One day, I received a phone call from her son. Mrs. S had been admitted to the hospital with an incurable illness. “My mother wants to speak to you, teacher!” he said. But our conversation ended abruptly, as visiting hours had passed, and I never had the chance to speak with her again. I didn’t even know where she had been admitted. Five days later, I received a heartbreaking news from her eldest son—Mrs. S had passed away.

I was shocked by her sudden death and  reached out to her son. After learning that her body had been taken home from the hospital, I suggested, “Your mother was a Catholic. Would you like to hold the funeral at the Catholic church?” He responded, “We don’t know anything about Catholicism. Could you help us?” I contacted the parish priest of Higashiyama Church, where Mrs. S had been a member. Despite his busy schedule, the priest arranged for a service ten days later, and the local funeral director kindly accommodated the arrangement.

The parish priest and funeral director both provided clear and compassionate explanations of Catholic funerals to Mrs. S’s grieving family. The ceremony was beautiful, and the flowers added to its solemnity.

After the funeral, an aunt of Mrs. S approached me. “Sister, you taught at Holy Spirit Academy, didn’t you? She spoke of you often.” Her eldest son also expressed his gratitude, saying, “The funeral was exactly what my mother would have wanted. Thank you so much.”

Reflecting on this, I am filled with joy, knowing that God has kept the bond of our shared faith strong for more than 50 years. I firmly believe that Mrs. S is now at peace in heaven, just as she longed for.

Sr. Yulia OSATO, SSpS  – Province of Japan

The baptism of Mrs. S at the Seto Holy Spirit Academy chapel in 1969.

The baptism of Mrs. S at the Seto Holy Spirit Academy chapel in  1969.

Group photo of the celebration of Mrs. S’s baptism with her classmates, teachers and sisters.

Group photo of the celebration of Mrs. S’s baptism with her classmates, teachers and sisters.

Ceremony of depositing ashes in the crypt. Second son is in the middle, a priest (behind him), and his wife and a son in September 2024.

Ceremony of depositing ashes in the crypt. Second son is in the middle, a priest (behind him), and his wife and a son  in September 2024.

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026