What Does Unity Look Like When You’re All Different?

Ten sisters in a community in Korea, five nationalities, and one Spirit: A firsthand account of witnessing God’s love in a divided world. 

 

What does “unity in diversity” look like in your daily life in the Seoul community?

When I look around our provincial house here in Seoul, I see a group of “colorful faces.” We are ten sisters living together, and on the surface, our diversity is obvious. We come from five different nationalities: Korea, Indonesia, East Timor, China, and Romania.

But if you look closer, the diversity runs much deeper than our passports. Each sister is unique in her talents, her personality, and the way she serves. We are a living mosaic of cultures and gifts. Even when we pray, we experience this diversity in our languages and in the expressions of our spirits. When we share meals, the food reflects the background of the sister who is cooking, and we get to taste each other’s cultures.

Some of us are gifted in spiritual direction, others in advocacy, and others in hands-on service. Yet despite all these differences, we hold in our hands the future of our congregation. It is the same Spirit moving us to fulfill God’s mission right here where we have been sent.

How does this diversity influence the way you carry out your mission and apostolate?

It shapes everything we do. Even when our words fail us or lead to misunderstanding, we find ways to express our feelings and encourage one another on the journey. We live in a time when it is no longer possible to concentrate on just one task. We are all learning to be “multi-taskers,” and this requires us to protect unity not just as a community, but within ourselves as individuals.

In our apostolate, this looks different for each of us. One sister might be visiting the elderly and lonely in different parts of this huge city of Seoul. Another is caring for the spiritual growth of migrants who have come from Indonesia, East Timor, or China for work. Others are guiding groups of people searching for inner rest at our Retreat Centre here in the Provincial house, or fighting for the rights of women affected by human trafficking and sexual abuse.

At times we work alone on our tasks; at other times, we support, challenge, and learn from one another. We come home and share our stories and experiences. As a community, we join together to serve the homeless or prepare Christmas presents for our benefactors. In these moments, we experience with our whole being that we are one in the Spirit. Our differences become our strength because we learn from each other’s approaches to service.

Living with such diversity must bring challenges. How do you navigate them?

Unity is not the same as uniformity. Because we come from different cultural backgrounds, we have different ways of communicating and different expectations. We carry these diverse cultures within ourselves as we try to be faithful to our call. There are moments of misunderstanding. It can be challenging to be truly who we are while also trying to blend as a community.

But it is precisely through these challenges that we grow the most. We learn that we don’t have to be the same to be one. We learn to build a “culture of encounter.” We learn to forgive, to be kind, and to encourage each other in our uniqueness. It is in these moments of tension and reconciliation that we truly witness to unity in a world that is falling apart. We discover that the Spirit of love, forgiveness, and kindness which we received in Jesus is alive in our hearts, guiding us through the difficulties.

So this “unity in diversity” is not just an internal exercise, but part of your witness to the world?

Exactly. We cannot give what we do not have. By learning to live as one body with many parts here in the community, we are better prepared to serve a world that is longing for that same unity.

Whether we are at a public demonstration advocating for women’s rights or serving a meal to the homeless, our goal is the same: to make visible the Face of Love, the Face of God. We want people to see that differences are not a threat, but a gift. Each of us, in our own place, uses our unique talents to show that God is here with us—in our world—to give us joy and life in fullness.

What is the core message you would like to share with the wider community about your experience?

I want them to know that we are all different, but we carry the same call in our hearts: to live our lives entirely for mission. The same Spirit that inspired our founders is alive in us, enriching us through our sisters. When we embrace our diversity, we do not lose our identity—we discover it more fully. And in that discovery, we find true unity.

 

Sr. Cristina Evelina Gal, SSpS – Province of Korea

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026