Stories in Oaxaca, Mexico: Echoes of Resilience

Migrants gather in front of the shelter that gives support for those displaced from their home countries.

The shelter for migrants in Oaxaca, Mexico is witness to many stories of desperation from those who left their homes and communities due to economic, political and other reasons. Sr. Angelica Oyarzo shares her observations about how the Centro de Orientacion del Migrante provides spiritual and psychological support to these families.

It has been more than a month since I arrived in Oaxaca, Mexico City. The day after my arrival, I started working at COMI (Centro de Orientación del Migrante), a shelter for migrants that aims to provide support and orientation to those who, for different reasons, have been displaced from their home countries.

At the Center, migrants are welcome to stay for two nights to rest weary bones, wash away the dust of distant roads, and nourish both body and soul. Showers are cool, meals simple but hearty. And in quiet corners, migrants exhale—a moment to gather strength for what lies ahead.

Medical assistance and psychological support are also offered when needed. Despite their tiredness, however, some of them look for a job because they need to make a little money to feed themselves and continue their journey.

COMI team: a volunteer doctor, two social workers, the cook, one of the migrants and, in the center, Sisters Aracelli Tovilla Galindo (director) and Esperanza Pillar (administrator).

 

Silent Battles for Survival

Even though migrating should be a free decision made by the individual or by the family, most of the people who move away from their country are compelled to do it. They leave behind families, memories, and the familiar scent of home. Each story echoes the same refrain: survival at any cost.

During that one month, I met many people, and all of them shared very similar experiences. Some of them have suffered extortion and threats, others have fallen prey to gang violence and organized criminal activities.

Supporting their families on meager wages was a struggle. Others decided to take their families with them and migrate to shield their children from gang recruitment. Their narratives resonate with themes of betrayal, abuse, and vulnerability. Yet, against all odds, they persist—a silent rebellion against despair.

Within the walls of the Center, we hold space for their stories. We listen to men crying out of desperation—voices echoing frustration, loss, betrayal, abuse, loneliness, and emotional and physical exhaustion. They endure mistreatment at the hands of police officers, bus drivers, “coyotes,” and even their fellow travelers.

A bus ticket to Mexico City typically costs 500 Mexican pesos. However, for migrants, who are identifiable by their accents, it can soar to 2000 or 3000 Mexican pesos per ticket. Sadly, this payment often proves futile because upon reaching a police station along the route, migrants are abruptly ordered off the bus and forced to continue their journey on foot simply because they are migrants.

In other instances, if the police allow them to proceed, they demand additional money for each family member. Worse yet, some officers seize all the money and valuables the migrants carry, including phones, watches, and jewelry. 

The plight of migrants has transformed into a lucrative enterprise for unscrupulous individuals. Amid this harsh reality, we provide warmth and bear witness to their unyielding spirit. 

 

Threads of Courage and Hope

In the shadow of their harrowing experiences, the migrants’ journey becomes a haunting nightmare—a trauma that etches itself into their very existence. Their narratives form a tapestry woven with threads of courage, survival, sacrifice, and unwavering resilience. Through their eyes, I see the forgotten corners of our world—places where hope blooms defiant against insurmountable odds.

 

COMI’s team tries to alleviate the suffering of migrants, helping them to achieve the dream of a better life for themselves and their families.

Pope Francis encourages us to embrace compassion, recognizing that we are all migrants on this shared journey through this prayer:

“Merciful God and Father of all, wake us from the slumber of indifference, open our eyes to their suffering, and free us from the insensitivity born of worldly comfort and self-centeredness. Inspire us, as nations, communities and individuals, to see that those who come to our shores are our brothers and sisters. May we share with them the blessings we have received from your hand, and recognize that together, as one human family, we are all migrants, journeying in hope to you, our true home, where every tear will be wiped away, where we will be at peace and safe in your embrace.”

 

Sr. Angelica Oyarzo, SSpS – Province of Mexico
Sr. Angelica was in the USA Province and was sent to Mexico.

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026