Sr. Miriam’s Pentecost Message

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Come, Holy Spirit, sanctify us.

Fill our hearts with a burning desire for the truth, the way, and fullness of life.

Ignite in us your fire, that we may become the light that shines and warms and comforts.

May we find words that speak of your love and beauty.

Create us anew, that we become people of love, your saints, visible words of God – that we may renew the face of the earth, and all will be created anew.

Come, Holy Spirit, sanctify us, strengthen us, stay with us. Amen

From the Eastern Church

 

Dear Sisters, dear Friends,

The above prayer to the Holy Spirit is one of my favorite prayers.

As we approach Pentecost, our SSpS special feast day, this is what I pray for all of us: that the Holy Spirit may fill our hearts, ignite us and renew us so that we too can become instruments of love, compassion, and beauty. May this love which originates in the dance of the Trinity be poured out into our hearts, and through us into our world. (Rom 5:5). This love wants to invite us into the dynamic of the dance. It is our deepest mission. It is our deepest calling. It is our vocation and our destiny. Isn´t that wonderful? As we celebrate Pentecost, may this mystery touch us. Let us dance for joy.

I am writing to you from Auschwitz in Poland, a place that surely holds one of the most horrific memories of human history. The Nazi concentration camps are a sign of what humankind is capable of at its worst. And yet, at this very moment we see history repeating itself in Ukraine and so many other places. We see the suffering of so many migrants, refugees, children, mothers, and wives who are exposed to inhuman conditions and losses. “I have heard them cry…” (Ex 3:7). The Trinity hears them and longs to be with us once again. Yet today, God has no other hearts, hands and feet than ours to let salvation flow into this world and to his people. It is our turn to be moved by compassion and to act.

I am in Poland because I am facilitating an assembly of the Salvatorian Sisters, a commitment I made before becoming Congregational Leader. After this event, I will visit our sisters of the Polish Province and see the reality of the refugees coming from Ukraine to Poland. We thank our sisters in the Polish Province and other provinces/regions who generously offer hospitality to so many.

Shortly before coming to Poland, I visited Bolivia with Sr. Mariana, SSpS. In Bolivia we had a regional gathering followed by the PANAM assembly in Sao Paolo, Brazil. The experience moved me more deeply into the PANAM reality.  I stood on PANAM ground, learning from our sisters on this continent.

No matter where we are or from which cultural background we come, we are all together within the same call: to be a Servant of the Holy Spirit and as communities to continue God´s mission. The Holy Spirit is the Ruah, the dynamic breath of God who blows where she wills and who builds up community. God is not a single entity, God is relationship. God is not acting alone. God is acting in relationships and through relationships.

Love is not solitary, centered around herself. All our existence is deeply relational. When this dimension is lacking, we suffer.

When I return to Rome, our next task as a team is to reflect, pray and work on the Directions, Resolutions and Recommendations of our 15th General Chapter. After we finish this phase, we will let you know our ideas on how to implement the mandate of the General Chapter.

For now, I just pray that we all will live into our vocation and destiny as true Servants of the Holy Spirit.

Create us anew, that we become people of love, your saints, visible words of God – that we may renew the face of the earth, and all will be created anew.

Come, Holy Spirit, sanctify us, strengthen us, stay with us. Amen

United with you in the love of the Holy Spirit,

Yours,

Sr. Miriam Altenhofen, SSpS

Congregational Leader

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🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026