The Holy Spirit Social Center in Quezon City has long been a refuge for street families, providing essential services and a sense of community. Despite disruptions during the pandemic, the Center has resumed its mission, offering practical support and hope to people who depend on its care and outreach.

During the pandemic, the Center had to pause its regular programs and shift to distributing packed meals to the homeless wherever they were. It also provided temporary lodging for more than 10 homeless families and several health workers.  The early mornings at the Holy Spirit Social Center are filled with the busy voices of men, women, and children, all from the streets of New Manila. As they register for admission, they chat as they wait in line for their turn. Sr. Patricia Pumihic, SSpS, the Center’s Coordinator, greets everyone like family—she knows nearly all of them, as they have been visiting for many years.

One of the Social Center’s long-time beneficiaries is Ms. Nelly Alcana, 61 years old, single, and without living relatives. She has been coming to the Center since it first opened. For a small income, she used to sell cigarettes and candies outside the train station. Between shifts, she would come to the Center to bathe, wash her clothes, and occasionally eat a freshly cooked meal. However, the pandemic in 2020 changed everything. “My visits to the Center were interrupted for five years,” Ms. Nelly recalls bitterly. “My small business stopped, and for a long time, I had to depend on charity aid from various organizations.” The strain of those years still shows in her eyes.

The Holy Spirit Social Center, located in Quezon City, Philippines, was established on January 9, 1970. Sr. Patricia, who manages the Center with a social worker, explains: “It was founded to uplift the economic, social, and spiritual conditions of the people by assisting and guiding them in developing their socio-economic resources, identifying and training local leaders, and fostering the growth of true Christian communities.” For decades, the Center has primarily served *Kariton* families—street families who move from place to place with all their belongings in wooden carts—in the streets of New Manila.

The walk-in services resumed  in 2023.  The Center is open on Mondays and Wednesdays from 9:00 a.m. to 4:00 p.m., allowing street people to use its facilities. They can bathe, wash their clothes, and cook their own food. Some even stay to rest, lying on the floor while watching television. On Fridays, the Center provides freshly cooked meals, sometimes sponsored by groups or organizations.

Ms. Alcana is deeply grateful for the sisters and the services the Center provides. “The sisters can be firm and strict, but it helps us to be disciplined and considerate of others,” she shares. She is thankful for everyone involved in keeping the program running, adding, “Sana hindi mawala” I hope it does not disappear).

Sr. Katrina Villacorta, SSpS
Province of Philippines North

Ms. Nelly Alcana in front of the Holy Spirit Social Center’s entrance

The people spend time to wash their clothes at the laundry area of the Social Center.

Eating the meals at the dining area, they enjoy the food and the fellowship.

During the opening hours of the social center many people like to watch television while waiting for the meals.

Sr. Patricia (right) regularly form groups for exposure in the Social Center.

Sr. Patricia and some clients assembled.

The kariton of Ms. Nelly that contains all her belongings.

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026