Our Common Home: Our privilege and Responsibility

[vc_row][vc_column][vc_column_text]On September 30, 2022, around 200 SSpS participated in a session entitled Ecological Spirituality: Exploring an integral Ecological Vision.  The session was organized during the Season of Creation to help us deepen our commitment to implementing the seven goals of the Laudato Si Action Platform (LSAP) and to reflect deeply on the 15th General Chapter directions; ‘Awakened to the cry of the Trinity through the pain and suffering of Mother Earth and our sisters and brothers at the margins, ecological conversion and sustainable living become  our ethical imperative.’

As SSpS Mission Secretary, I organized and facilitated the session and I am truly grateful to the sisters for their interest and enthusiasm in participating in the session.

Our Congregational Leader Sr. Miriam Altenhofen, SSpS, in her welcome address, reminded the sisters of the serious implications of the climate crisis confronting us at this time with hurricanes, typhoons, wildfires, and droughts. She shared that the people with whom we work and our family members are facing the impact of the climate crisis. She reminded all that we need to learn anew to see ourselves as deeply connected and intertwined with Mother Earth. We are not “masters of” but “part of” and dependent on a healthy environment. If we destroy our Common Home, we destroy our very life subsistence.  She encouraged the sisters and SSpS mission partners to come together and do their part in caring for our Common Home.

Sr. Nellie McLaughlin, RSM, the main speaker, focused on exploring an integral ecological vision and our privilege and responsibility as human beings on Earth, our common home.  Some of the highlights of her presentation are as follows:

The story of the Universe, especially the mystery of our evolutionary journey and the wonder of creation, and the miracle of life of all human and nonhuman creation.  The elegance and complexity of this story were presented with images and rich reflections from various sources like Laudato Si (LS), scriptures, and scholarly writings.

The encyclical Laudato Si’ (LS 84) points out that ‘All life is sustained by the living systems of Sun, Water, Soil, Companionship. Everything is, as it were, a Caress of God.’ In the words of Teilhard de Chardin, ‘To live the cosmic life is to live dominated by the consciousness that one is an atom in the body of the mystical and cosmic Christ.’  Sr. Nelly stated that we have moved on from the old model of dominance and separation to interdependence and interconnectedness.

Interconnectedness brings with it a new understanding of nature, a new understanding of ourselves and our role in the web of life (LS 42, 68, 79, 240).  According to Anne Primavesi, “the environment is the reason we are alive. It is the reason God is ALIVE for us.  Take away the environment, and you take away God. It is physically impossible for us to encounter God elsewhere” (Faith in Creation 1995).

For SSpS, what does it mean that ‘it is time to come home’ in the face of climate change, warfare and displacement, hunger, exploitation, biodiversity loss, and COVID-19?  Considering the above-mentioned current reality, we are strongly urged to look deeply into it from various angles and identify possible signs of HOPE. Then ask ourselves what it might look like if we function at our best. Pope Francis, in the Laudato Si’ encyclical, reminds us that living our vocation to be protectors of God’s handiwork is essential to a life of virtue; it is not an optional or secondary aspect of our Christian experience (LS 217). All it takes is one good person to restore hope” (ls 71).

Dear friends, let each of us be that good person to restore hope. Let us remind ourselves of the saying of Helen Keller “Alone, we can do so much, together we can do so much more”.

Sr. Gretta Fernandes

 

Gretta Fernandes, SSpS, is the Mission Secretary of the Congregation in Rome and member of the Director Board of Vivat International.

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🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026