Moved by compassion to take care of life

Sr. Rosalia Paliczka works in Mozambique, where people have very few health resources. Moved by compassion, the community seeks every means to help people through natural treatments.

I’ve lived in Mozambique, Africa  for many years, but I’ve never seen or attended to as many snake bites as I have here in the north, in the region of Monapo. Here in Monapo, we face challenges every day, and we often find ourselves stretched to our limits. Despite the difficulties, we persist, driven by a deep sense of compassion and duty.

In this mission, the Missionary Sisters Servants of the Holy Spirit work tirelessly across three parishes, covering around 80 communities in rural areas. Each day brings new challenges and new opportunities to serve. In addition to our work in the parishes, we have established a small herbal clinic on the grounds of our house. Here, we treat the sick with natural medicines that we make ourselves. These remedies address various ailments that afflict the local people, and our efforts extend to caring for malnourished children and orphans, who are among the most vulnerable.

Snake bites and dog bites are alarmingly common in this region. Unfortunately, no public health center nearby has any anti-venom medication or anti-rabies vaccine. This critical shortage means that the local population has come to rely on us for treatment. Even nurses from the local hospital send patients to us, knowing we have developed effective treatments. The severity of a person’s condition depends on multiple factors: their age and size, the species of snake that bit them, the number and location of the bites, the quantity and toxicity of the venom, and the time elapsed from the bite to their arrival at our clinic.

At our clinic, we make a unique medicine known as “black stones” to treat snake bites. The black stone is created from pieces of charred cow bone. When placed on the site of the snakebite, these stones adhere to the skin and absorb the venom. Once the stone has absorbed all the venom, it detaches and falls off. This method is effective due to the highly porous nature of bone, which, when placed on a moist bite site, absorbs fluid through capillary action.

While I cannot confirm whether any scientific studies have validated this treatment, I can attest from experience that no person treated with black stones has died from a snake bite or a rabid dog bite. The combination of God’s mercy, our faith, and the strong conviction of the person bitten seems to make the miracle of healing possible.

Most of the people who come to us after being bitten suffer from severe symptoms such as wounds, swelling, necrosis, pain, and fevers. Depending on the severity of the case, it is sometimes necessary to repeat the black stone treatment. Since arriving in Monapo, I have treated two individuals who were in critical condition, exhibiting neurotic symptoms because the bites were on their faces and a significant amount of time had passed since the bite. I have not heard from them since, but many patients return to the clinic to return the stone and express their gratitude.

Compassion is at the heart of everything we do. It drives us to help and heal in situations where no one else can. This compassion is not just an abstract feeling but a tangible force that compels us to act. We feel it when we see the fear in the eyes of a child bitten by a snake, or the relief in a mother’s face when her child recovers from an illness. It’s the force that gets us up in the middle of the night to tend to an emergency, and the reason we go to great lengths to obtain the materials we need for our treatments.

However, creating these miracles is not without its challenges. We can’t always get the thigh bones or cow leg bones needed to prepare the black stones. This process requires me to be in constant contact with cattle traders, waiting for the opportunity to obtain the necessary bones. When I receive word that a cow is to be slaughtered, I reserve the bones and travel several kilometers to purchase them as quickly as possible. This often involves intricate planning and coordination, but it is a labor of love and dedication.

We extend our heartfelt thanks to all those who help and support us in our mission. Your contributions, whether through financial support, prayers, or supplies, are vital to our ability to continue our work. We cannot do this alone. Your help enables us to defend life and bring hope to those in need. O Lord, send your Spirit so that they may be filled with courage and faith!

In conclusion, the work we do here in Monapo is challenging, but it is also deeply rewarding. Each day is a testament to the power of compassion and the resilience of the human spirit. Through our efforts, we not only heal bodies but also touch hearts and souls, bringing a light of hope to the darkest situations. Thank you for standing with us and for being part of this mission of mercy and love.

Sr. Rosalia Paliczka, SSpS – Province of Mozambique

 

Sr. Rosalia with the community in Monapo, Mozambique.

 

The snake bite medicine is called “black stone” is used as medicine.

 

The clinic run by the Sisters treat snake bites.

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026