IS S.M.A.R.T. SMART ENOUGH FOR MISSION?

When mission becomes a matter of metrics, we risk forgetting that true transformation lies not in what can be measured—but in the quiet, unseen acts of love that define who we are.

 

 At the end of every academic year, we write a report about the ministry that one is involved in. To make it look more scientific and to measure the quantity of the ‘mission’ carried out, its recommended to use the ‘SMART’ format for reporting. The SMART framework was proposed by George T. Doran in 1981 for effective goal setting, which is Specific, Measurable, Achievable, Realistic, and Time-bound – hence the acronym S.M.A.R.T. Well, it’s a management practice two generations old and still prevalent. 

 

When I sat down to write the report based on SMART, I felt the framework was too limited, specifically from the perspective of a missionary whose work should be infinite, immeasurable, holistic, authentic, and limitless. How can the missionary work be quantified when we, the consecrated persons, are called to live every moment as a mission? I felt it quite inadequate; spending time with a youngster in pain, extending a helping hand to a poor woman, attending to a patient voluntarily, praying for the specific needs of others, exchanging smiles with others – these, too, are mission deeds carried out, but how to quantify them? Or are they not counted as mission activities? Are they irrelevant and insignificant?

 

I found a reference to my apprehension in the newly released church doctrine “Antiqua et Nova, note on the relationship between artificial intelligence and Human intelligence,” where it is mentioned, “…the challenge is true today as the rapid pace of digitalization risks a digital reductionism, where non-quantifiable aspects of life are set aside and then forgotten or even deemed irrelevant because they cannot be computed in formal terms.” It is true we cannot document every deed we do, as most are voluntary and instinct-based. However, taking such valuable human contributions for granted has serious consequences; over time, they lose their value and relevance. 

 

Recently, I was at a meeting where clergy, nuns, and lay members were present. Water bottles were distributed, and when everyone left for the lunch break, the bottles were strewn around. An elderly priest and I were the last ones to leave the hall, and all of a sudden, he pulled out a bag and started to collect the bottles, bending at each chair! And again, another time, he was walking on the corridor ahead of me, where few others had already passed, and there, too, he bent down and picked up the rags from the floor. Totally unassuming! I felt after a long time, I was meeting a consecrated person – a missionary. Although I learned these values from home and reiterated them in formation, I have nearly lost them since there are ‘workers’ to do it. It rings a warning: in our rat race to bring quantity to our work, we are missing out on qualities that define our way of life. 

 

SMART theory is good, but that should not be the parameter  to measure how effective we are. You may be running a school with 3k students, but your mission is a failure if your school has one student gone hungry even for a day. One of my Hindu friends, who was educated in a convent school, told me – “I hate sisters for their disciplinarian deeds but had not been a for an elderly sister, many of my classmates have gone hungry. Every day during lunch break, she made rounds and found anyone without a tiffin; she would encourage us to share food.” She taught us how to be sensitive to others’ needs. Definitely, this mission of that particular sister cannot be documented as SMART; can we ignore it as a random activity?

 

When quantified, charity deeds are given importance, many of the value-based activities have taken a back seat. The ‘white collar’ job syndrome has affected our very existence itself. Our ‘status’ and ‘positions’ do not let us come down to do ordinary deeds. Unknowingly, little ‘religious bourgeoisie” are created, making significant changes in the outlook toward the church’s mission. 

 

I remember another instance: as Novice, I was engaged in cleaning the corridor, and an elderly sister in her mid-90s approached me with a bucket and asked me if I could fetch some hot water for her and asked me to hand over the broom to her so that while I am away, she could continue my work! My novice mistress was superwoman – she taught us by doing. Every alternative day, the novices would sweep the compound; by the time we woke up from our slumber, our mistress would have done half the work. It’s nostalgic to recall what religious life was until a decade ago.

 

Over the years, these phenomena have disappeared. We have become achievement-oriented, time-bound, measurable- not an inch extra, specific, and relevant to the given task alone – making our mission truly SMART!!!

 

Sr. Tessy Jacob, SSpS – Province of India East

Sr. Tessy Jacob, is a member of the Indian Catholic Press Association.
Sr. Sujita Soreng, a medical nurse, is conducting health camp for rural women.
Sr. Tessy Jacob with a non-Christian student who was drawn to Christian prayer and worship.

 

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026