Healing Mission: Faith, Presence, Listening Power

Sr. Maria Helena Bernadeta Naif, SSpS, reflects on her spiritual service in Australia, beginning with Clinical Pastoral Education in 2006. Through pastoral care in hospitals and collaboration with the Divine Word Fathers, she shares experiences of compassion, and healing, underscoring the power of listening and being present for  the needy.

In 2003, I received a permanent mission appointment to the Australian province after making my final profession. The question on my mind was how I would contribute to such a fast-moving, developed country. What would help me live a life of purpose for others and myself? In 2006, while studying at a theological college, I came across a brochure about Clinical Pastoral Education (CPE) and felt drawn to this ministry. I began my CPE journey at a public hospital in Melbourne, where I encountered ecumenical educators, supervisors, and patients. Here, I entered the healing ministry of Christ, learning to integrate my theological knowledge with the raw, lived experiences of those I met—the “Human Document,” as Anton Boisen called it in 1925.

As a CPE intern, I faced the challenge of a language barrier, but my commitment to following Christ outweighed this limitation. I visited patients in hospital wards, sitting at their feet, listening to their stories, and holding space for them to voice their deepest questions.

One profound moment came when an Iranian Muslim mother, facing breast cancer surgery, asked me through tears, “What will happen to my boys if I don’t make it through the operation?” Though I had no answers, I held her in that painful space, and she later asked me to pray with her. We united in a moment of shared faith, trusting in God’s mercy. Her surgery went well, and she was discharged two weeks later.

This experience fueled my desire to pursue the CPE Supervisory Training, which I began in 2010. By 2014, I was employed as a part-time pastoral care worker at St. Vincent’s Hospital in Sydney, co-supervising CPE courses for a diverse patient population—multicultural, multi-faith, and from various walks of life.

One Wednesday, I entered the hospital chapel and saw a father weeping. He noticed my crucifix and immediately asked, “Are you a nun? Please pray for my sons.” One son was dying in the ICU, while the other had been arrested for causing the injury. I sat with him, offering silent prayer.

Days later, I visited the ICU, where the younger son remained unconscious. I quietly said, “If you don’t wake up, your brother will be in prison, and your father will be heartbroken.” Miraculously, he moved his toes, and soon after, he woke up. The family returned to Ireland together, their faith renewed.

However, not all encounters involved faith in the same way. I once met a patient in the Palliative Care Unit who was an atheist. He dismissed me, telling me to take my Bible and leave. Yet we continued to visit him without mentioning God. Eventually, he asked to be baptized just days before his death. Encounters like these, too numerous to recount, reveal the living presence of Jesus in the most unexpected places.

In 2016, I became a full-time CPE Educator and Supervisor, a role that allows me to guide others in developing pastoral relationships and personal transformation through reflective learning. The students come from various backgrounds, faiths, and lifestyles, which enriches the learning environment. CPE has proven to be a transformative ministry, not only for those in healthcare but also in education, the defense force, and religious formation.

Another meaningful part of my ministry involves working with the Divine Word Fathers (SVD) as part of their Aged Care Committee. From them, I’ve learned the transition from “doing” to “being.” Listening to their life stories and reflecting on their missions reminds me of how precious life spent in service to others truly is. At a time when their physical activity is limited, their spiritual mission deepens, and they embrace the sacredness of simply “being” with God and others.

Eckhart Tolle once said, “Listening is giving the other person space—space to be.” In this space of listening, we find God’s presence, the giver of life, and the holder of every mission.

Sr. Maria Helena Bernadeta Naif, SSpS, Australian Province

Sr. Maria Helena Bernadeta (second row, fourth from left) with the New South Wales College Clinical Pastoral Education Supervisors, Educators and Consultants.

Sr. Maria Helena Bernadeta (second row, fourth from left) with the New South Wales College Clinical Pastoral Education Supervisors,
Educators and Consultants.

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026