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Año de la Compasión, Destaque 2

El poder de la compasión para la vida misionera

Las Hermanas Misioneras Siervas del Espíritu Santo recibieron un nuevo impulso para la vida misionera con el lanzamiento del Año de la Compasión. El Equipo de Liderazgo Congregacional eligió la fiesta de nuestro Fundador, San Arnoldo Janssen, para enviar una carta a las hermanas presentando los objetivos para 2024.

En la carta, la Hna. Miriam Altenhofen, nuestra Líder Congregacional, dice: «La compasión activa es el testimonio de nuestro amor mutuo, humano, restaurador e inclusivo. Que el P. Arnold interceda por nosotras para que sigamos siendo instrumentos de la compasión de Dios hacia los marginados de la sociedad y hacia toda la creación.»

Aquí compartimos con ustedes el artículo de la Hna. Kreti Sanhueza centrado en la compasión desde las perspectivas Antropológica, Espiritual y Misionera para una comprensión profunda de nuestra misión desde el punto de vista de nuestras Direcciones Congregacionales. Esta reflexión está pensada para ser utilizada en todos los niveles de formación, incluyendo la formación permanente con nuestros colaboradores laicos en la misión.

 

SSpS 2024, el Año de la Compasión

Hna. Kreti Soledad Sanhueza, SSpS

Introducción

El presente texto que ustedes tienen a la vista quiere ser una reflexión sencilla sobre el tema central que orientará este año 2024. Como todas sabemos, buscamos actualizar cada una de las Direcciones capitulares, focalizando nuestro ser y hacer misionero desde una palabra clave que nos ayude a traducir nuestra oración y reflexión en acción.

En esta oportunidad ponemos nuestra atención en la Dirección nº2: Despertadas por el grito de la Trinidad a través del dolor y el sufrimiento de la madre Tierra y de nuestras hermanas y hermanos en las márgenes, descubrimos que la conversión ecológica y una vida sustentable se tornan un compromiso ético irrenunciable.

De acuerdo al sentido de esta Dirección, el Dios trinitario se hace escuchar y encontrar por medio de todo lo que ha creado. Acaso, ¿hay algo que le puede resultar indiferente a Dios? Según indica Pablo, “Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa” (Rm 1,20).

Ello considerado, este texto es un aporte a la comprensión de la compasión desde una mirada antropológica, espiritual y misionera. Esperamos les pueda ayudar en sus encuentros comunitarios, como también con los laicos y laicas junto a quienes laboran y/o trabajan.

 

Cuando decimos compasión, ¿en qué pensamos?

Primero que todo es necesario tomar conciencia que la palabra compasión tiene su origen en el ámbito humano y social, y no únicamente en el entorno religioso y bíblico. De ahí que su práctica puede generar puentes de conexión entre las sociedades y las familias, y los valores evangélicos y/o cristianos.

En el contexto de la sociedad y de la vida familiar se habla comúnmente de “actos de solidaridad”, cuando lo que se organiza tiene como meta ayudar a los otros. Todo depende de la situación que mueve a la solidaridad de las personas, de los vecinos, de los compañeros de trabajo o de estudio. Sea cual sea el motivo y la forma en que se exprese, siempre está relacionado con el ayudar a otro que está necesitado.

En este sentido, podemos preguntarnos: ¿qué gestos, qué acciones o que tipos de cooperación se dan en nuestro entorno social? Podríamos darnos la tarea de observar, por una semana, o quince días o un mes, cómo expresan su solidaridad las personas, las familias, los amigos, los compañeros de trabajo, etc. Y así podemos ver si hay más solidaridad que indiferencia en nuestra sociedad.

 

La compasión en el contexto bíblico-espiritual

En el contexto de la teología bíblica, comenzando por el Antiguo Testamento (AT), aparece la palabra hesed que se traduce por compasión y/o misericordia. Esta palabra contiene dos notas características: algo práctico y algo comunitario. Respecto de la primera característica, se trata de algo concreto, algo que la o las personas experimentan de forma real, efectiva. En cuanto a lo comunitario, refiere a algo que se demuestra entre varias personas, algo que se pide y se espera de una otra persona. En ambas notas características, se trata de una acción en favor de quienes son tocados por la desgracia o la necesidad, y es una acción que busca el bien y no el mal de las personas necesitadas. Dicha acción es permanente, se traduce en una actitud de vida.

¿Qué necesidades o desgracias viven las personas de nuestro entorno?

Desde una mirada de conjunto del AT, podemos ver a Dios como el Dios de la Alianza, quien en el monte Sion se presenta a sí mismo como el Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la inequidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impune (cf. Ex 34,6-7). Esto indica que las infidelidades del pueblo escogido no son una ruptura de la Alianza, sino un ‘aguijón’ para el amor de Dios, quien debe buscar caminos nuevos para suscitar en el pueblo una respuesta de amor y de fe esperados.

En el Nuevo Testamento (NT), particularmente en los Evangelios, encontramos una palabra clave en forma de sustantivo; esta es la palabra éleos. Este término es usado en el NT en el contexto del clamor de quienes se acercan a Jesús implorando de Él algún tipo de favor; “Hijos de David, ten compasión de mi”. Y sabemos que los que se acercan Jesús son los sufrientes, los desamparados, los enfermos, los poseídos por malos espíritus, o sea, los que claman misericordia para sí y para los suyos. Son las personas que esperan una respuesta compasiva por parte de Jesús.

En relación con lo anterior, encontramos en el NT algunos textos bíblicos que presentan un fuerte mensaje ético, como son las Bienaventuranzas, la parábola del Buen Samaritano y el del servidor que fue perdonado. En cada uno de estos relatos y otros más, la invitación es a reconocer la misericordia de Dios como un don que lleva implícito la respuesta de una solidaridad concreta de los hermanos y seguidores de Jesús. El llamado es a vivir el seguimiento en el amor compasivo de Jesús y no el simple cumplimiento de ritos y prácticas religiosas externas, al modo como lo hacían los fariseos (cf. Mt 23,13-28).

 

 

La compasión, ¿un apelo sólo entre humanos?

Si partimos de la base de nuestra confesión de fe, en el Credo rezamos: “Creo en Dios… Creador del cielo y de la tierra, de las cosas visibles e invisibles”, tenemos que admitir que tanto la compasión como la conversión cristiana incluyen la relación que el ser humano tiene también con el mundo.

Los relatos bíblicos de la creación, en el libro del Génesis, como indica el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Si’, nos sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales, que están íntimamente conectadas entre sí, cuales son: la relación con Dios, la relación con el prójimo y la relación con la tierra. Se trata, por tanto, del plan originario de Dios, donde prima la armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado (cf. LS, n.66).

 En el primer relato de la creación (Gen 1,1-31) aparece diez veces la expresión “y dijo Dios”. La descripción de cómo sucede la acción creadora de Dios varía según la naturaleza del Sujeto que realiza el acto creador y el objeto resultante de dicha acción. Esto podemos verlo con el elemento tierra. La tierra posee por sí misma la capacidad germinadora, por eso puede encargarse de ejecutar el plan proveedor de Dios. Y si bien la tierra produce por sí misma, la capacidad productora, sin embargo, le ha sido otorgada por la previsión del Creador. Asimismo, cuando se presiente que la tierra produzca animales, es Dios quien se encarga de llevar a cabo esta previsión.

En ese sentido, la idea central del relato es que Dios es el Creador de todo, de los elementos primordiales, de los pertenecientes a los tres ámbitos del universo físico (agua, tierra, cielo), y del hombre. Además, dicha creación se presenta como una actividad ordenada y ordenadora. Hay un eje organizador en la actividad de Dios que se estructura en los seis días, por la ubicación de las horas de luz, por los verbos de acción indicados y por la asignación al hombre de cuidar y labrar la tierra.

Hay, además, una cláusula importante en este relato: “Y vio Dios que todo era bueno”. Dios observa la creación cada día y le parece buena. A Dios le agradó su propia creación. Esta cláusula es la primera declaración de valor en la Biblia. Se trata de una cláusula ética. Según el exegeta Gerhard von Rad, esta cláusula se refiere a la plenitud de fin y armonía, y no así a una mirada estética de lo creado.

Cuando la fe cristiana habla de creación y al hacerlo dirige su mirada a Dios, entonces sólo dice que Dios creó el mundo como algo bueno.

El autor del relato quiere asegurar a sus lectores que Dios no falló. Nada en la creación es fallido. La luz es buena. La tierra y las aguas son buenas, los árboles y todas las plantas son buenas. El cielo y todas las cosas que hay en él son buenas. Los animales y todas las criaturas vivientes son buenas. Y, finalmente, los seres humanos son buenos. El autor del relato sacerdotal de la creación sabía, por experiencia propia, que hay mucho que respetar y temer en el mundo, y que la criatura no es sólo algo para ser utilizado y gozar de él.

Así, por tanto, nosotros no somos Dios. Como afirma el Papa Francisco, la tierra nos precede y nos ha sido dada. La responsabilidad ante una tierra que es de Dios exige que el ser humano, dotado de inteligencia, respete las leyes de la naturaleza y los delicados equilibrios entre los seres de este mundo. La legislación bíblica, además, se detiene en proponer al ser humano varias normas, no sólo en relación a los demás seres humanos, sino también en relación con los demás seres vivos: “Si ves caído en el camino el asno o el buey de tu hermano, no te desentenderás de ellos… Cuando encuentres en el camino un nido de ave en un árbol o sobre la tierra, y esté la madre echada sobre los pichones o sobre los huevos, no tomarás a la madre con los hijos” (Dt 22,4.6) (cf. LS, n.68).

¿Cómo se relacionan los jóvenes con la naturaleza?

¿Cuál es nuestra mirada sobre las cosas creadas? ¿Las valoramos como creación de Dios o las miramos como cosas insignificantes?

 

La compasión, una acción compartida

Buscamos reflexionar bajo este subtítulo lo que nos revelan las Sagradas Escrituras sobre la compasión de Dios, en base a dos relatos bíblicos muy significativos para el contexto espiritual misionero que queremos impulsar. Nos referimos al relato de “la Zarza ardiente” y al de “el ciego de Jericó”.

En base a un análisis simple de esos dos relatos queremos destacar dos cosas; una primera, que la experiencia de la compasión de Dios en la Biblia es un tema transversal y que, por lo mismo, no se limita a relatos clásicos, como las Bienaventuranzas y el Buen Samaritano. Segundo, que la experiencia del amor compasivo de Dios conlleva una labor explícita sobre la vida de las personas.

Comenzamos por el texto de “la Zarza ardiente” de Éxodo 3,1-17. Si bien, reconocemos este texto como el de la ‘vocación de Moisés’, sabemos este relato es el preludio de una gran tarea que Dios encomienda a Moisés. Y en este texto se encuentran los elementos centrales de dicha tarea. Tres elementos a considerar: percepción de la realidad, liderazgo y estrategia de acción.

Percepción de la realidad. El Dios de los antepasados se le hace presente a Moisés misteriosamente, en el monte, como una zarza que arde sin consumirse. Este Dios llama a Moisés y comparte con él, es decir, conversa con él sobre cómo ve la realidad del pueblo de Israel que está siendo oprimido y maltratado por sus opresores. Dios le cuenta a Moisés que Él ha escuchado sus lamentos y clamores, y que ha visto sus sufrimientos. Por eso ha bajado, por eso se está revelando, porque quiere librarlos. Moisés, por su parte, conoce esa realidad, porque él mismo ha sido criado y ha vivido en Egipto. También sabe de los malos tratos hacia los israelitas, sólo que en ese momento no supo conducirse bien ante esa realidad de injusticia, y huyó.

Liderazgo. Dios conoce a Moisés. Sabe de la indignación que sintió Moisés mientras vivía en Egipto y veía la opresión de su pueblo. Hay algo en este hombre que sintoniza con el deseo de Dios de librar al pueblo. Al parecer, Moisés mismo no sabe que él puede hacer algo por el pueblo de Israel. En cambio, Dios sí ve que Moisés puede hacerlo. Dios lo convoca también para cuidar del pueblo. A lo largo del Pentateuco lo vemos como el intermediario entre Dios y el pueblo. ¿Qué lo hizo destacarse ante los ojos de Dios? Moisés muestra que, a pesar de sus debilidades, es un hombre que pone su liderazgo “al servicio” no sólo de Dios, sino también del pueblo que se le ha confiado. El apóstol Pablo nos retrata a Moisés como alguien que decidió servir a su pueblo cuando eligió identificarse con la aflicción del pueblo de Dios, en vez de permanecer en el lujo y la posición de élite de la casa del Faraón (cf. Heb 11,24-26).

Estrategia de acción. ¿Cuál es la misión de Moisés? Dios llama a Moisés a ayudar al pueblo a salir de la situación de opresión en que se encuentra, y para formar un nuevo pueblo, donde no haya injusticia, ni opresión, ni marginación. Dios, por su parte, se compromete a estar a su lado y al lado del pueblo. Moisés sólo necesita confiar en Dios. La convocatoria de Dios a Moisés contiene, por tanto, tres acciones: ir a Egipto para pedir la liberación del pueblo de Israel; sacar al pueblo del país de Egipto, y conducir al pueblo hasta la tierra prometida. Asimismo, la tarea de Moisés, se convierte, luego, en la de presentar un proyecto de liberación al pueblo de Israel y conseguir que el pueblo lo acepte. A partir de esa experiencia de encuentro entre Dios y Moisés, Moisés aprende a amar a interceder por su pueblo, y aun cuando el pueblo es infiel a Dios, el corazón de Moisés está con su pueblo, independientemente de su pecado (cf. Ex 32,13), de la misma manera como Dios ama Israel.

¿Cuáles son las aflicciones que viven nuestras cohermanas y

la gente de nuestro entorno?

¿Escuchamos la voz de Dios, invitándonos a hacer algo?

¿Cuáles son los signos visibles de que escuchamos la voz de Dios que nos invita a una acción concreta?

¿Cuáles son las acciones concretas que favorecen el trabajo de equipo e involucran a los afectados?

En el NT, particularmente en el Evangelio de Marcos 10,46-52, nos encontramos con la narración sobre la curación de “el ciego de Jericó”. Como sabemos, la realidad social de Israel en tiempo de Jesús consideraba pobres, entre otros, a los que vivían de las ayudas recibidas. Para muchos, el ciego de Jericó no es más que un pobre hombre, víctima de su enfermedad, alguien que no cuenta dentro de los grandes planes del gobierno de turno.

Los pocos versículos que hablan de Bartimeo, nos muestran que este ciego era una persona con tenacidad, unos de esos hombres que no se dan por vencidos fácilmente. Seguramente, todos en la ciudad de Jericó lo conocen, porque él es diferente, él tiene personalidad para entrar en contacto con las personas. Lo más probable es que su vida consiste en ser llevado a un lado del camino, todos los días. Allí mendiga y su sustento depende de la buena voluntad de los transeúntes. Probablemente, su oído es muy afinado y sensible, por la falta de vista, y le informa cuando alguien se está acercando.

La vida de este ciego no habrá sido fácil. Algunos se han acostumbrado tanto a verlo allí que, probablemente, lo consideran parte del paisaje. Otros quizás se detengan para tirarle algunas monedas y escuchar su agradecimiento.

“¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí!”. Bartimeo reconoce que quien se acerca no es un predicador más de los que tanto abundan en medio del pueblo. Algo interesante de observar en este relato es que el ciego no le pide a Jesús la curación, sino que le dice: “ten compasión de mí”. Él sabe que, si Jesús tiene compasión de él, algo importante le va a suceder. Y la multitud, por su parte, lo reprende para que no grite y se calle.

En medio de esa situación, Jesús se detiene y lo manda llamar. O sea, Jesús se detiene para prestarle toda su atención a aquel ciego que mendiga en el camino. Ante el llamado a gritos que el ciego le hacía, Jesús le responde con la pregunta: “¿Qué quieres que te haga?”; es decir, en qué puedo ayudarte, en qué puedo cooperar a tu situación. Y el ciego manifiesta lo que necesita: “Maestro, que yo recobre la vista”.

¿Quiénes están gritando por el camino, en nuestro contexto social?

Cuando Bartimeo conoce que Jesús lo llama, arroja su capa, se levanta y va donde Jesús. Frente a la llamada de Jesús, el ciego no duda un instante en actuar; deja su posición anterior, abandona su pasividad y se mueve hacia un nuevo estado de vida. Su respuesta es inmediata y entusiasta.

Entonces Jesús se conmovió del ciego. Jesús actúa desde su corazón, es empático. Actúa sobre el ciego, no para impresionar o alcanzar prestigio personal, sino para generar algo nuevo en la persona del ciego. Jesús dice a Bartimeo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Es decir, Jesús acoge y confirma la participación activa del ciego en su propia sanación: “tu fe te ha salvado”.

Jesús nos enseña que la compasión implica conocer y actuar ante la necesidad de las personas, con ellos y no sin ellos. Él actúa públicamente, porque quiere revelar que la compasión de Dios opera en medio de todos y a la vista de todos. Nos enseña que sus acciones son un camino de transformación interior y exterior del ser humano, y que tienen repercusiones sociales.

¿Cuál es nuestra forma de responder al apelo de los necesitados?

Nuestras acciones misioneras sociales, ¿favorecen la dignidad, el cambio, y la autonomía de las personas necesitadas?

 

Reflexión Final

Seguramente, todas nosotras SSpS, sentimos y pensamos que nuestra presencia misionera hoy, ahí donde nos encontramos, necesita siempre de nuevo ser testimonio del amor compasivo de Dios y de Jesús, que humaniza, restaura e incluye a todas las personas y protege la creación.

En este sentido, durante este año de la compasión tenemos la oportunidad de profundizar y crecer en la conciencia de que hemos sido llamadas a compartir nuestra vida y misión entre nosotras, con nuestras hermanas y hermanos en las márgenes, y con toda la creación.

Es nuestro deseo que podamos sentirnos invitadas a mirar con ojos compasivos la realidad creada. Así también, que nuestras estrategias de acción misionera contemplen el modo de Dios y de Jesús. Que nuestro amor compasivo suscite inclusión y participación. Que nuestra escucha del dolor y del sufrimiento de la gente como de la madre tierra, genere relaciones restauradoras. Finalmente, que cada servicio misionero nuestro suscite un movimiento humanizador; que las personas como la naturaleza, vivamos la vida sustentable en la casa común, de acuerdo con el plan originario de Dios.