Sr. Maria Gabriella Nahak, originally from Timor, has served as a chaplain in a Caritas Home for the elderly in Berlin since 2001. In her ministry, she reflects on the deep emotional experiences and connections she forms with the elderly during their final phase of life.

As a chaplain, my role is to accompany elderly people through the last stage of their lives. This work has opened my heart to the vulnerability of those facing death, especially those who are alone. In my culture, no one dies alone; someone is always there, offering comfort and prayers. Witnessing the isolation that many experience in this home makes my heart ache. While the nurses care for their physical needs, I do my best to stay with them, offering my presence and prayers. I believe that being there for someone in their final moments is one of the greatest acts of love.

It is especially difficult for me when someone is near death and their family cannot be there. I often think of a lady I cared for who was over 90 years old. On a Sunday, I sat with her, talked to her, and helped her with her meal. She still had a good appetite, and I was glad I could spend time with her. The next day, I learned she had passed away during the night. It felt so sudden. I was sad that I couldn’t say a final farewell. These moments remind me how fleeting life is, and how important it is to give our time and attention to those who need it most.

One of the most important lessons I’ve learned from the elderly is their openness. Many of them suffer from dementia, but despite that, they often express themselves with such honesty. I remember one woman who told me directly during a conversation, “Sister, I don’t believe in God. I have nothing to do with faith, but I respect you.” She explained that while she had learned about faith from her grandmother and respected her parents’ beliefs, she herself didn’t believe. I appreciated her honesty and respected her perspective. I reassured her that it wasn’t a problem if she didn’t want to pray—her life was her own, and she had the right to make her own choices. That conversation stays with me, as it was a reminder that my role isn’t to force faith upon anyone but to be a compassionate presence, wherever someone may be in their journey.

I also fondly remember Mrs. M., a lovely woman who had two devoted sons who visited her regularly. I would often join them during their visits, and we would share laughter together. Mrs. M. had such a joyful spirit. We danced together whenever there was music, and I could see how much joy it brought her. As her health declined, her sons were by her side, caring for her tenderly. The younger son, in particular, was very attentive. When she passed, he placed 30 red roses in front of her door and laid a photo of her husband on her chest, folding her hands around it. He then asked me to place a rose beside her. It was such a moving moment. His love and devotion to his mother made her farewell a beautiful one, and I often reflect on that memory with gratitude.

One of the things I hear most from the elderly is their desire to die quickly. Many of them feel weary and are ready for peace. They often say to me, “Sister, I just want to die quickly.” I try to bring lightness into these conversations. I tell them, with a smile, that heaven is like the old folks’ home—it has a waiting list, and they’ll have to wait patiently until it’s their turn. We always end up laughing together, which helps ease the tension of such a heavy topic. These moments of shared laughter bring comfort, and it’s an honor to walk with them during this time.

This ministry is about more than just providing social or emotional support. It’s about being present, offering compassion, and recognizing the dignity in every individual, especially as they face life’s end. I’ve been blessed to receive so much from the elderly I serve. They’ve taught me about patience, honesty, and how to approach death with both humility and grace. My hope is that through this ministry, I can continue to learn and give back as much as I receive.

For me, it’s not only about helping people prepare for death; it’s about reminding them that they are loved, even in their final moments. Each day I spend with the elderly is a reminder of the sacredness of life, and I am deeply grateful to be part of their journey.

Sr. Maria Gabriella Nahak – Province of Germany

 

 

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026