Two SSpS missionaries in Russia, celebrated their Golden Jubilee of consecrated life. Their unwavering faithfulness is a testament to the purpose and beauty of religious life, even amidst challenging circumstances.

In today’s world, religious life may seem less inviting, even for Catholics. Is there still a purpose to this way of life? While the outcome of such a decision may be uncertain, one can always aspire to cultivate something beautiful from it. Sr. Agata Helena Kovalcikova and Sr. Monika Emilia Guzmicka, who served as missionaries in Russia for more than 20 years, are shining examples of this. On June 9, 2024, they celebrated their Golden Jubilee by renewing their vows of religious life at the Church of the Exaltation of the Holy Cross in Tambov, Russia—one of two parishes where the SVD and SSpS serve.

Why share this joyful moment in a parish where many believe the Sisters should leave due to the ongoing war? Some might think that by staying, they are taking sides in the conflict. However, this is not the case. As Catholics, and especially as religious Sisters, we profess our belief every time we recite the Creed: “I believe,” meaning, “I give my heart.” This belief extends to our religious vows. Our decision to remain in Russia is a reflection of our commitment to God, not a political stance.

The faithfulness of Sr. Agatha and Sr. Monika left a deep impression on the parishioners who attended the celebration. Artur, an Orthodox man shared, “Now I understand what fidelity to God means through the life of these two sisters. After more than 20 years, it is clear to me the way God leads me all the time in life, how He has driven me to come to this church and not to other churches.”.

The celebration itself has left a great impression on most of the parishioners. Ekaterina, who just joined the Catholic Church not so long ago said, “It is a great blessing to see the testimony of two nuns who have gone through such a long journey of serving God.” She added her thoughts connected with the vows. “I think, nowadays, it is very important to talk about religious vows, especially to the younger generation. After all, monastic vows are often perceived as something that people refuse because such a life is one of sacrifice and  suffering. Vows are often seen as burdensome sacrifices, but in reality, they lead to a life of abundance.”

Ruth, a medicine student from Nigeria, added, “When God calls a person to religious life, He gives them the grace to fulfill the vows they have taken. They will not do it by their own strength but by the grace God gives them.” Yana, a teenager, reflected on the seriousness of the decision: “Religious life is a personal conversation with God. For young people today, vows like obedience, chastity, and poverty are moral choices that some will follow, and others will not.”

Maybe for many young people or even adults, religious vows are just simply moral guidelines that can be followed or ignored. Our “CREDO” to God is not about doing what is good or bad or taking sides in a conflict. It is about discerning and following God’s plan for the salvation of all people. The path may be painful and full of challenges, but in the end, consecrated life is one lived for God. Whether our congregation will leave Russia because of the war is a question we must continue to discern. For now, we wait and listen to what God is calling us to do.

Sr. Agata, Helena Kovalcíková, SSpS – Province of Russia
[translated by] Sr. Maria Magdalena Agustina Jose, SSpS – Province of England/Ireland

Sr. Agata  and Sr. Monika renewing their vows in the presence of the Sisters and the parish community.

The celebration continued after the mass.

The day was a joyful moment for the Sisters and the people.

Ekaterina, who just joined the Catholic Church, “It is a great blessing to see the testimony of two nuns.”

Artur [left, seated], an Orthodox man shared, “Now I understand what fidelity to God means through the life of these two sisters

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026