Breathing Life into Dry Bones: A Mission Encounter in Bristol

Faced with the spiritual drought of modern Europe, the SSps community in England is responding with a living answer to God’s question: “Can these bones live?”

The Search for a Hopeful Space

While searching for a space to do some good and practice my English, I unexpectedly discovered a place of immense inspiration and hope. It confirmed for me that transformation is truly possible—that the valley of dry bones can, indeed, come alive again.

Mission in a Landscape of Need

I have been living in our community in Bristol, England, for almost a year. Our home is in a part of the city marked by various kinds of poverty: material, social, mental, and, above all, spiritual. For years, I have held questions in my heart about how to be a missionary in Europe and how to witness to God’s love in a place that seems to no longer want Him. Having walked through more than one “valley of dry bones” in the Czech Republic and experienced the brokenness of the Church in Ireland, I have seen how churches are closing because they are deemed no longer needed. Yet, God never ceases to ask, “Son of man, can these bones live?”

A Response Rooted in Faith

Here in Bristol, not far from us, I found an answer in St. Andrew Church, an Anglican parish. I met people who are responding as the prophet Ezekiel did: “LORD, you alone know.” They have listened to the Holy Spirit and, instead of closing their doors, have opened them even wider. In an unused part of their church building, they have established a food bank and a Social Justice Hub where people in need can find advice and support. They offer cooking classes, run a carpentry workshop to combat social isolation, and organise meetings for mothers and children. They also run “The Well,” a café where everyone is welcome.

The Honourable Role of Listening

It is at The Well that I have become a sort of listening volunteer—a role I find deeply honourable. One of the first people I met there was Dominic. He would usually sit in a corner with his coffee, not seeking company. I now know that this kind and humorous man struggles with depression, and that every day, simply being around people is a real challenge for him. Dominic’s life has traversed dark valleys, to the point that his home is now a tent hidden among ferns. The simplicity and authenticity with which he lives often touch me.

A Transformation Begins

I will always remember the day Dominic listened in on my conversation with Gloria, a volunteer who was to lead the afternoon sharing of God’s Word. She had her Bible, full of colourful bookmarks and underlinings, and we were discussing how alive God’s Word is. With interest and surprise, Dominic asked how we hear God’s voice… how that is even possible. After that meeting, he decided to stay for the sharing. He then began attending Sunday services and joined the Sycamore course at our convent. It is a grace to watch Dominic open his heart. He asks questions, seeks answers, and God responds to him with great sensitivity. I see something extraordinary happening in him, and I deeply believe this is only the beginning of his life’s transformation.

The Power of Prayer and Welcome

At The Well, we begin each meeting with prayer, entrusting the time, place, and people to God. One overcast day, we prayed for those who lack the strength to leave their houses, for whom even the simplest decision is difficult. We didn’t expect many people on such a rainy day, but to our great surprise, so many came that we ran out of coffee. We also always pray for wisdom, kindness, and warmth, so that everyone who comes feels welcomed and accepted, and the space remains open to God’s action.

Learning to Prophesy Life

I rejoice in this extraordinary time and place. Despite my many imperfections, especially linguistic ones, I experience an abundance of grace. I am learning from my Protestant brothers and sisters. I am learning to be sensitive to the most basic human needs, especially acceptance and a loving welcome. I am learning the courage to “prophesy over the dry bones” like Ezekiel: “Thus says the Lord God: I will put breath in you, and you will come to life. Then you will know that I am the LORD.”

I am learning not to lose hope. I also believe that the Holy Spirit will revive our SSpS communities in Europe. May we, with renewed zeal, answer God’s question, “Can these bones live?” by daring to go out and prophesy, proclaiming through our actions God’s Word that brings life.

Sr. Magdalena Lis, SSpS – Region of Ireland/England

At the café, Sr. Magdalena shares a moment of connection, where the simple, sacred act of listening is a form of ministry
More than just a café, The Well serves as a sanctuary of acceptance, where a warm drink and a warm welcome are offered freely to all.
St. Andrew’s Church, responding to a call for new life, has transformed its building into a vibrant hub of community and spiritual support.
The carpentry workshop provides more than skills; it builds community and purpose, chiseling away at the edges of social isolation.
What was once an unused space now houses a food bank and Social Justice Hub, transforming empty rooms into a beacon of practical hope and support.

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026