A heart filled with faces and stories

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Sr. Carmen Elisa Bandeo shares something of her experience in Athens, Greece, at one of the Migrant Centers of the Jesuit Refugee Service (JRS).   The JRS is “an international Catholic organization whose mission is to accompany, serve and defend refugees and other displaced persons, to that they can heal, learn and determine their own future.”

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I come from Athens with a heart full of faces and each one of those faces is full of stories… stories and lives that have been interwoven with mine to make a blanket, to welcome and shelter everyone who comes close to me, to welcome and shelter my own dreams.

As I let my heart speak, some faces come to mind…

Ersa and Abibullah, two brothers, one seven and one eleven years old, lost their father and their other brother at sea when trying to reach the shores of Greece. The mother was so distraught that she could not take care of Ersa and Abibullah, leaving them to the care of the volunteers of the NGO where they were staying. They frequently came to the Center where I worked. They were very mischievous, rebellious, disobedient, longing for affection and care on the surface. Though I had to admonish them    often for their disobedience and transgressions, they always returned… Once, Esra came looking for our Sister. Nurse. “What’s wrong?” I asked him. He showed me the tip of his index finger: “It hurts”, he said. Just then Sr. Ada finished her previous  consultation and told him to come in… A few minutes later, he came out smiling with a large bandage on the finger. Sr. Ada winked at me – “He needs attention,” she said.

The face of Aliya, a young mother I met during the last months of her third pregnancy.  A young woman full of dreams and  a desire to excel, with big plans for the future. She approached our Center to perfect her English and decided to participate in the workshop “How to prepare a Curriculum Vitae.” At the end we give the participants a certificate. She was overjoyed! She confessed to me that it was the first time in her life that she received something like that. A simple piece of paper that testified to her efforts.

The face of Sharifa and her daughters, telling me what the house they left behind was like… The face of Noori showing me the photos of her medical class and asking me if it would be possible to continue studying in Greece once she learns Greek. The faces of Parwane and Dawood, a young couple promising to always be on time if I made the exception of admitting them to the class, even though registration had closed.

The faces of the volunteers and members of the different non-governmental organizations with whom I worked during those three years. People of different nationalities, of different religious creeds, of different ideologies, different ages and sexes but who have a common dream: to make this world a home for everyone, where there is a place to welcome everyone who needs a home. Where the person can find a plate of food, a place to sleep, a place to play, paint, play sports, bathe, take care of their health, defend their rights, live and practice their faith.

These faces, with their stories, with their weaknesses, with their achievements and their failures, with their hopes, their lives, are now interwoven with mine. My ideas were confirmed, my concepts questioned, my horizons broadened. Someone  told me that meeting me at meetings filled them  with hope and renewed their confidence in a better world. These faces, all those who have populated my time in Athens have renewed my hope in humanity. I feel that the blanket of my personal history has grown wider and warmer, that I can welcome many more.

 

Sr. Carmen Elisa Bandeo, SSpS.

She has provided missionary service among the peoples of Argentina, Taiwan, Rome, Greece and currently she is the Regional Coordinator in Spain-Portugal. She has been dedicated mainly to the service of illegal workers, migrants and a heart full of faces[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

🌿 La fuerza que devuelve la vida | Un mensaje de Pentecostés

¿Alguna vez has vivido una primavera en Roma? 

Después del largo invierno, cuando los árboles están desnudos, casi sin vida, algo comienza a cambiar. Lentamente, en silencio… la vida vuelve.

Un tierno verde  aparece en las ramas. Las flores comienzan a brotar desde la tierra. Incluso en las grietas más pequeñas de la piedra, e incluso atravesando el asfalto, una planta frágil encuentra su camino hacia la luz.

¡Cada año se siente como un milagro!

Y podríamos preguntarnos:
¿cuál es esta fuerza de vida?
¿cuál es esta energía escondida que permite que la vida vuelva, una y otra vez, contra toda adversidad?

Hildegarda de Bingen la llamó viriditas:
el poder de reverdecer, la energía vital y creadora de Dios.
Es la energía divina que fluye a través de toda la creación,
que conecta todo lo que vive—
en la naturaleza, en el cosmos, y en cada uno de nosotras.
Es el aliento de Dios.

Y sin embargo… cuando miramos nuestro mundo hoy, no siempre es fácil reconocer este poder de vida en acción.

Al mirar las noticias, fácilmente podemos sentir miedo. Hay tanta violencia y tanta guerra en muchas partes del mundo. Líderes que no muestran respeto por las leyes o los acuerdos internacionales, cuyo único programa parece ser: yo y mi país primero. Es como si estuviéramos retrocediendo a algo que creíamos ya haber superado.

A veces parece que la humanidad olvida, que no logra aprender la lección.

Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, las naciones del mundo se reunieron para firmar la Carta de las Naciones Unidas en 1945, con una profunda esperanza:
“salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, prohibiendo la amenaza o el uso de la fuerza. Promoviendo la paz a través del derecho internacional, la igualdad soberana y la resolución pacífica de los conflictos, con énfasis en los derechos humanos y la seguridad colectiva.

¡Sin duda, este fue un movimiento del Espíritu Santo!

Hoy, sin embargo, en el ámbito político, sentimos que la memoria se debilita. Percibimos cuán frágil se ha vuelto este acuerdo.

También nosotras, las SSpS, tenemos Hermanas en situaciones muy difíciles: situaciones de guerra y de violencia, de gran inseguridad y polarización, donde los prejuicios y el odio pueden crecer fácilmente en lugar del amor.

Ya en otro tiempo, durante la Primera Guerra Mundial, en 1917, nuestra primera Superiora General, Madre Theresia Messner, alzó su voz. Ella advertía que el amor por la propia patria nunca debe convertirse en rechazo, en amargura o en odio hacia los demás. Y recordaba a las Hermanas:

“Quienesquiera que seamos—alemanas, holandesas, austríacas, inglesas, rusas, estadounidenses…
todas somos hijas de la gran familia de Dios,
unidas por los lazos del amor santo.”

¡Qué visión profética!

Incluso cuando las naciones estaban divididas por la guerra, nuestras Hermanas estaban llamadas a vivir juntas, a sostenerse mutuamente, a ser un signo de que otro camino es posible.

Esta es la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo está presente allí donde se superan los egoísmos nacionales.
El Espíritu Santo actúa allí donde los corazones son transformados.

Lo vemos en la vida de San José Freinademetz,
quien permitió que sus prejuicios iniciales fueran transformados —profunda y pacientemente—
hasta poder decir que no solo quería vivir y morir como chino, sino también ser chino en el cielo.

Lo vemos en San Arnoldo Janssen,
cuya devoción al Espíritu Santo estaba ya enraizada en su familia,
y que comprendió que el Espíritu transforma el corazón humano,
haciéndolo más semejante al Corazón de Jesús.

También nuestro Fundador pasó por una transformación: de una racionalidad más bien fría a una presencia más amorosa y alegre. Esto puede reconocerse incluso en sus retratos.

San Arnoldo Janssen veía al Espíritu Santo profundamente unido a la Santísima Trinidad. Es el amor desbordante de la Trinidad que se encarna en Jesús, especialmente en su Corazón. Desde allí, se derrama sobre el mundo y sobre nuestros corazones.

El Espíritu Santo es una energía poderosa y transformadora. Es amor que quiere hacerse vida concreta.

¿Y hoy?

¿Dónde vemos este poder de Dios que reverdece y ama en acción?

Lo vemos…

  • cuando Hermanas y Hermanos dejan su patria, su lengua, su cultura,
    para llevar el amor de Dios a otros pueblos
  • cuando permanecen en lugares de guerra, inseguridad y sufrimiento,
    eligiendo no irse, sino quedarse con la gente
  • cuando, en medio del conflicto, alguien se atreve a dar el primer paso hacia la reconciliación
  • cuando alguien hace crecer a otros (en lugar de centrarse en sí misma) y les ayuda a desarrollar su potencial

¡Estas no son cosas pequeñas!
¡Son signos de Pentecostés!

Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado.
Está sucediendo ahora.

El mismo Espíritu que dio vida a los huesos secos en Ezequiel 37,
el mismo Espíritu que llenó de valentía a los discípulos,
está actuando hoy—
en silencio, con perseverancia, como el brote verde que rompe la piedra.

Tal vez la pregunta para cada una de nosotras sea:
¿Dónde me está invitando el Espíritu
a dejar crecer vida nueva?
¿Dónde está siendo llamado mi corazón a abrirse?
¿A ir más allá del miedo… más allá de las divisiones… más allá de los rencores, de los prejuicios… más allá de toda estrechez?

Que lleguemos a ser personas de viriditas—
personas en quienes la vida de Dios pueda fluir libremente.

Que permitamos al Espíritu renovar nuestros corazones,
ensanchar nuestro amor,
y hacernos instrumentos de unidad en un mundo dividido.

Y que el Espíritu de Pentecostés
sea hoy para nosotras
aliento…
fuego…
y el silencioso e imparable poder de Dios que reverdece,
renovando la faz de la tierra.

 

Hna. Miriam Althenhofen, SSpS

Pentecostés de 2026